Londres: Cara y cruz de un escenario con contrastes

Desde la butaca del expreso al aeropuerto sobre la que acabo de acomodarme (me subí en Victoria Station y en algo más de 30 minutos me dejará en Gatwick) las instantáneas que me llevo de Londres se apilan en mi memoria. Y si me piden que sea breve para definirla, diría apenas: Londres hoy es puro contraste.

Escena 1 Es como si hubieran dicho: «¿Por qué no estropeamos Londres para celebrar el nuevo milenio?» Para festejar la llegada del 2000, a los ingleses se les ocurrió montar una rueda de bicicleta junto al Támesis, rodeada por treinta y dos capsulitas, con inevitable reminiscencia a las de vaselina, que muestran, desde lo alto y en eterno movimiento (tarda media hora en completar la vuelta), lo maravillosa que la cultura británica fue hasta hoy.

Anacrónica, kitsch, todo el mundo quiere ver Londres desde donde nunca antes se la vio. Los fines de semana, las colas serpentean por la orilla del río con un orden tan british que contagia. Las lecciones de obediencia que los ingleses impartieron por el mundo fueron bien aprendidas. Y yo no voy a ser menos. Aquí estoy, comiéndome el garrón de cuarenta y tantos minutos, siguiendo a esa sueca que podría estar mejor, encarnación perfecta del deshonor a la fama de diosas que tienen sus compatriotas. Seguiré esas espaldas tan poco prometedoras hasta que me encapsulen y el paisaje me distraiga. Mientras tanto, la tarde se me escapa, justo ahora que hay sol y Londres va tomando un tonito golden. Justo ahora que podría estar caminando por Trafalgar Square, o tirado en el green de Hyde Park, ese espacio verde que antiguamente fue coto de caza real, escenario de duelos, ejecuciones y carreras de caballos y hasta una gigantesca plantación de papas durante las Segunda Guerra Mundial. Pero volvamos a lo que más me preocupa: ¿por qué esta sueca no tiene algo de Ursula Andress?

Escena 2. La Guardia Real, espectáculo ridículo si los hay. Los ingleses lo saben. Como conocen el deseo bobalicón del viajero que estrena carné de turista y lo complacen. En el fondo, a muchos les gustan los uniformes, aunque no lo quieran reconocer. Los británicos saben que este numerito en vivo es parte de su circo, y por más que me ría en su cara, seguirán haciéndolo. Lo que no me van a permitir es cruzar de la vereda del Palacio de Buckingham a la plaza mientras los bobbies estén marchando. «Bobis» quedamos nosotros, apilados en manada viendo el desfile ritual que se repite cada mañana, a las 11 en punto. Para amenizar, esta vez trajeron escoceses, impostores que hacen sonar sus gaitas y flautines, mientras un par de italianas se ríen ante la posibilidad de que un viento travieso nos muestre lo que estos señores barrigones portan debajo de esas faldas a cuadritos. Espero que termine el show para poder cruzar y, sin pisar las flores del parque, escapar hacia el Candem Market. Mientras Buckingham asiste a la ceremonia con mayúsculas, varios cientos de ecologistas, anticapitalistas y demás plantan semillas de cannabis sativa frente a Westminster, rompen las vidrieras de un McDonald’s y aggiornan la estatua de Winston Churchill que queda lista para una rave: los demonstrators le dibujaron una cruz esvástica en el lado izquierdo del pecho, le pintaron un ojo con verde fluorescente y le calzaron un penacho de zorrino fucsia sobre la cabeza. Londres modelo 2000. «¡Qué falta de respeto! ¡Qué atropello a la razón!», habría regañado con indignación un típico gentleman inglés la mañana siguiente, enfundado en un sobretodo de tweed, si hubiera recorrido el Río de la Plata. De esos personajes cada día se encuentran menos. Las colonias están dándole a Inglaterra su efecto de retorno por lo que es muy fácil toparse con indios, pakistaníes, orientales y un buen surtido de inmigrantes de todo el mundo que también coparon las letras: Kazuo Ishiguro, por ejemplo, con un nombre nada british es considerado con su novela The remains of the day (Lo que queda del día) uno de los escritores más representativos de Gran Bretaña. «Nació en Japón, pero su cultura la desarrolló aquí», me explica el librero del local en el que se inspiraron para la película Notting Hill.

Escena 3. En la parada del ómnibus un cartelito afirma que el próximo double decker pasará a las 11:47. Exactamente en tres minutos. Me distraigo mirando los anuncios de una cabina telefónica pintada en color petróleo y la puntualidad inglesa me pasa por encima, dejándome indignado. Sin que mi mano llegue a hacerle una señal, el colectivo sigue de largo. El próximo pasará a las 12:02. Tengo tiempo de estudiar las ofertas sexuales étnicas, tanto o más variadas que las culinarias. Lo pienso un segundo, ¿me subo a uno de esos taxis con curvas «bombé», manejados a contramano, por la izquierda, y me hago el lord inglés o camino hasta la línea gris del subte, La Jubilee, y me siento un Keanu Reeves en una de las mejores escenas de The Matrix? La Jubilee, modernísima, combina aluminio y cemento y une Bond Street, Westminster, Londron Bridge y North Greenwich. Opto por el contraste más contemporáneo y me subo al subte, que me lleva al Dome, lo más «nuevo milenio» de la arquitectura inglesa. Hecho con teflón, fibra de vidrio, acero y cemento, ofrece un espacio didáctico y espectáculos de luz y sonido con acordes de Peter Gabriel.

Escena 4. Mal humor total. No hay peor pesadilla que tener hambre en Londres. Dar con un restaurante bueno y barato es más difícil que lograr que un londinense diga «Malvinas» en lugar de «Falklands». Las cadenas de tenedor libre de pizza y pasta son desastrosas y los locales de comida étnica son cada vez más abundantes y menos sabrosos. De pura rabia, me meto en el elegantísimo Café Royal, uno de los más famosos restaurantes de la ciudad, en el 68 de Regent Street. Sé que mi bolsillo no da ni para un vaso de agua pero, como una guía de la ciudad reseña que allí solían almorzar Oscar Wilde y Bernard Shaw, no me lo quiero perder. En el salón de la planta baja, forrado en terciopelo, dorados y cristales, el menú fijo del día cuesta 50 dólares.

Doy media vuelta y salgo. En los últimos cinco años, Londres estiró la movida nocturna hasta tal punto que hay restaurantes chinos, hindúes, japoneses y vietnamitas que están abiertos las 24 horas. No es el caso del Wing Kee, especializado en cocina china del norte (curiosa aclaración que figura en la tarjeta del lugar) que es de lo más pasable y cierra a medianoche. Queda en el 59 Charing Cross Road, cerca de la estación de subte Leicester Square, y tiene 17 variedades de platos. La comida cuesta 4,90 libras por persona, sin bebida, y recuerda mucho a los primeros tenedores libres orientales que coparon Buenos Aires hace seis o siete años. Por un instante coqueteo con la idea de un Burger King de parado en Victoria Station. Pero no, odio las hamburguesas. Termino en el Wing Kee, sonriéndole a la cámara que filma las fuentes humeantes de salsa agridulce para después mostrarlas en la vidriera del local.

Escena 5. «Por ahí se escurría la sangre», le escucho decir, muy serio, a un hombre que habla un inglés lento, especial para turistas. «Las vísceras de Annie Chapman estaban desparramadas por aquí.» Su público es un grupo de ocho personas que ponen caras que oscilan entre el asco y el terror. No tengo ni idea de quién era la pobre Annie Chapman y como me intriga, le pregunto a una chica de pelo lacio y remera a rayas. «La tercera prostituta que Jack El Destripador asesinó en 1888», me responde. Recién ahí caigo en la cuenta de que me acabo de topar con uno de esos tours temáticos que los ingleses saben explotar, especialmente para los norteamericanos. Estoy en el East End de Londres, una zona de edificios altos, bancos y compañías de seguros. Ya oscureció y sigo al grupo de fans de El Destripador, a la distancia. Después, me entero de que salieron de la estación de subte de Whitechapel, a las siete y media de la tarde, y que el recorrido tras los pasos del asesino más famoso de Gran Bretaña dura dos horas. Entre agosto y noviembre de 1888, Jack masacró a seis prostitutas. Nunca fue capturado, a pesar de las burlonas cartas que envió a Scotland Yard. Jamás se reveló su identidad. Las sospechas indicaban al duque de Clarence, hijo del príncipe de Gales y nieto de la reina Victoria. También se habló de un espía ruso, Alexei Pedachenko, y hasta de un médico argentino, por la habilidad que demostró con un filo a mano. Mientras me alejo del grupo me acuerdo de Jack Palance. Creo haber visto, de chico, una versión de El Destripador con su cara.

Escena 6. Hasta los puentes de Londres hablan del contraste que la ciudad inauguró con el 2000. Entre las históricas construcciones de Westminster y el Tower Bridge los británicos inauguraron la Millenium Mile, una milla modernosa que comunica con el South Bank, donde se puede visitar The Globe, uno de los teatros más antiguos de Gran Bretaña, lugar en el que el mismísimo Shakespeare solía poner en escena sus obras en el siglo XVI. Cerca de allí, la geografía me devuelve abruptamente al presente: otro puente, el Millenium Bridge, comunica desde mayo del año pasado la Tate Gallery of Modern Art con la Saint Paul Cathedral.

Escena 7. En la otra orilla de los contrastes de Londres existe una oferta turística más clásica, tan tradicional como el five o’clock tea (el té de las cinco de la tarde). De ese lado, no puede faltar una referencia a los Beatles, embajadores sin tiempo de toda Gran Bretaña. Averiguo qué double decker me lleva hasta Abbey Road, la calle que dio nombre al último álbum que John, Paul, Ringo y George grabaron juntos. El 82 pasa por la puerta de los estudios homónimos. Distraído, mirando por la ventanilla, vengo esperando el cartel luminoso que señale la gloriosa senda peatonal que los muchachos de Liverpool inmortalizaron en la tapa del disco. Pero no veo nada. Lejos de tal grandilocuencia, observo, al pasar, cierto movimiento frente a una casita blanca: «Abbey Road Studio», dice el cartel. Me bajo del bus y retrocedo. Los estudios de grabación invitan, a través de una inscripción en la puerta a no ingresar, a buscar souvenires beatles en un mini negocio montado a tres cuadras de allí. Intentar repetir la foto del álbum es un infierno. El tránsito de autos, colectivos y taxis es constante y en esa esquina no hay semáforo. Tiene, en cambio, un cartel con el nombre de la calle mamarracheado en varios idiomas. Son los homenajes que dejan en su paso por allí los fans más viscerales. Me pongo a conversar con un japonés que me recomienda el recorrido beatle de la Saville Row, allí donde están los estudios Apple. Desde los tejados de Apple, los Beatles tocaron cuarenta minutos en enero de 1969, hasta que llegó la police y los hizo bajar.

En Londres, hay dos Beatles Walks: The Beatles Magical Mystery Tour y The Beatles «In my life» Walk, que incluye el lugar donde se filmó Anochecer de un día agitado y Socorro. El guía de este último se llama Richard Porter y, a medida que avanza en el itinerario, ameniza el tour con música de la banda que suena desde un grabador que lleva al hombro. Según Porter, unas ocho mil personas lo siguen por año. ¿Seré yo el ocho mil uno?

Escena 8. Por primera vez, desde que estoy en Londres, la capital más grande de Europa, tengo la sensación de que sus siete millones de habitantes están aquí, reunidos, en el Camden Market, el mercado de pulgas al que se llega bajándose en las estaciones de subte Camden o Chalk Farm. Es sábado a la tarde y estalla de visitantes, locales y extranjeros, que revuelven entre los discos, muebles, cueros y demás rubros que allí se ofrecen. Antonio, un guía turístico de un contingente de españoles, me recomienda el Portobello Market, pero sugiere que lo recorra un sábado, de mañana. «Encontrarás ropa usada, antigüedades, joyas, frutas y verduras», me cuenta. Le pregunto si conoce el mercado de Petticoat Lane, en la parte este de la ciudad, y me baja el pulgar. «Funciona los domingos por la mañana pero es carísimo, chaval», argumenta Antonio y se despide. La marea humana del Camden nos empuja en direcciones contrarias.

Escena 9. Me indigna un poco pensar que dentro de ese enorme edificio que queda a diez minutos de Piccadilly Circus se exhiben tesoros que los ingleses se trajeron de culturas ancestrales del resto del mundo. Pero sé que si no entro al British Museum, jamás veré los únicos restos que se conservan de los frisos del Partenón, por ejemplo. Mientras Gran Bretaña y Grecia no se terminen de poner de acuerdo sobre su restitución a la Acrópolis, aquí están, enfrentados, en uno de los salones más visitados del museo. El British puede ser un buen plan para un día de lluvia. Lo único que me reconcilia con los británicos es la entrada gratis. Hay enormes alcancías de acrílico transparente que invitan a colaborar con lo que uno pueda. Pero el que no puede o no quiere, entra igual. El museo, que se fundó en 1753, tiene 94 salas que guardan cerca de 7 millones de piezas. Lo recorro rápido, repaso papiros egipcios, sarcófagos, momias, monedas y medallas.
Sigo recorriendo salas hasta que doy con la famosa Piedra Roseta, un pedazo de roca oscura esculpida, que permitió descifrar el significado de los jeroglíficos. Fue descubierta en Roseta, en el delta del Nilo, en 1799, y su valor está en que contiene, sobre el granito, un texto escrito en el año 196 antes de Cristo en tres versiones: jeroglífico, demótico y griego. El egiptólogo Champollión descubrió los sonidos que correspondían a los caracteres y dio el puntapié inicial para las investigaciones que se hicieron después sobre el lenguaje de Egipto. La Piedra Roseta está protegida por un vidrio para contrarrestar el entusiasmo de los visitantes que solían acariciarla. Le dedico una hora más al British Museum mientras sigo pensando en cómo les da la cara a los ingleses para lucirse mostrando el patrimonio cultural ajeno.

Escena 10. El aire íntimo de Londres se respira en Notting Hill, que lo perdió un poco después de la película de Julia Roberts y Hugh Grant. Esta zona londinense, que en los años ‘50 y ‘60 fue centro de la comunidad caribeña, tiene un aspecto cosmopolita, hoy acentuado por la actitud de los 600 residentes del barrio que actuaron de extras en el filme. Mientras voy pensando en que la calle Portobello sería mucho más linda si no tuviera autos, tal como se la vio en la película. Las fantasías del cine llevan a los turistas hasta la puerta de la casa que habitó el Hugh Grant de celuloide, que hoy cambió de color. Desilusión total para los cinéfilos ingenuos y alegría para el dueño de la propiedad, que quintuplicó el alquiler de la vivienda. Porque Londres también cuenta con un circuito de rincones que sirvieron de escenografía para películas como Shakaespeare apasionado, 101 Dálmatas y Cuatro bodas y un funeral, entre otras. La zona de Middle Temple, por ejemplo, reúne varios edificios tradicionales donde se forman los abogados londinenses. Allí, en el Middle Temple Hall, se cree que Shakespeare representó su obra La noche de Reyes, en 1601. Ese mismo paisaje también sirvió para rodar algunas escenas de Shakespeare apasionado. El Royal Naval College, en Greenwich, tiene una capilla que se utilizó para celebrar uno de los casamientos de Cuatro bodas y un funeral. Y un poco más atrás en el tiempo, cuando el Covent Garden era un mercado de frutas y verduras, fue el lugar ideal para Mi bella dama, la versión musical de la obra Pygmalion, de Bernard Shaw. Hoy es un simpático centro de restaurantes y compras. Porque en Londres, todo vale. Si no, que lo niegue la estatua del mítico Sherlock Holmes que desde 1999 adorna la estación de trenes de Marylebone, la más cercana a Baker Street. Los británicos celebran a sus personajes, ficticios o reales, con igual devoción: el mármol es tan loable para el histórico Churchill como para Sherlock, que nunca existió en la vida real. Un contraste más de la Londres de hoy.

Escrito por César de Luca para la revista Marcopolo.

LONDRES, La Reina del Támesis

Londres fue la primera parada del que sería uno de los viajes más largos de mi vida. Pero más allá de que es ideal tanto para comenzar la aventura como para terminarla, estar en la reina del Támesis significa realizar un viaje por la historia, porque sus calles y edificios son testimonio de la riqueza cultural de Europa. Cada vez que camino por las calles de la ciudad me transporto algunos siglos atrás y me veo entre la gente de ese entonces; esos personajes que solemos ver en las películas épicas. Así los taxistas se convierten mágicamente en cortesanos; las mujeres, en esas doncellas que esperan a sus caballeros de vuelta de alguna cruzada; los verduleros en granjeros, con sus costumbres y tradiciones, muchas de las cuales todavía se mantienen. Solo hay pequeñas variaciones: los granjeros de hoy usan la palm para ubicar a sus amigos.

Aventura en dos ruedas: Recorrer Londres no es fácil para quien va por primera vez y la cosa se vuelve más compleja si se cuenta con poco tiempo. La colorida capital británica es una de las más vibrantes del Viejo Continente y hasta –diría– del mundo. Infinidad de cosas para ver y hacer, atracciones mundialmente conocidas, historia a cada paso y una agitada vida nocturna se conjugan en cada uno de sus barrios. De todas las opciones para moverse y conocer la ciudad, la mía fue comprar una bicicleta usada en el mercado de los domingos del barrio de Liverpool. Con tan sólo 17 libras pude acceder a una forma de viajar barata y cómoda. Además del ahorro que significaba no tener que tomarme el tube o el tren, las distancias que separaban las atracciones de Londres no eran tan largas, y la bici se convertía en el vehículo ideal. Otra de las ventajas de recorrer la ciudad así era que era yo el que ponía los tiempos y no tenía que fijarme a qué hora pasaba el último double decker (los famosos autobuses de dos pisos). Sólo restaba comprar una buena cadena -porque, al igual que en Buenos Aires, hay muchos robos- y un par de luces para que me vieran de noche y no terminar en algún hospital londinense dándome cuenta que todo el inglés que había aprendido no servía para nada. Entonces sí, todo estuvo listo para salir a las calles angostas de la vieja ciudad. Encontrar dónde parar tampoco fue difícil. Tuve la suerte de estar unos días en la casa de un amigo argentino que vive allá hace un tiempo; así me ahorraba también el hotel. Y lo mejor de todo es que su habitación, en un clásico piso compartido, estaba tan sólo a 20 minutos de bici del reloj más famoso de Londres: el Big Ben. Yo no podía pedir más. Eso sí, nuestros compañeros y dueños del departamento eran unos personajes bastante extraños. Francesca, una italiana un tanto exaltada, jamás se enteró de mi paso por su departamento. El colchoncito en el piso, que oficiaba de cama y que a los pocos días ya había logrado que mi espalda se quejara de algo más que de los kilómetros que permanecía encorvada al andar en bicicleta, nunca fue visto por ella como mi lugar en su casa.

Comenzando el recorrido: Mi primera elección fue la del clásico turista que por primera vez vista la ciudad. Sabía que la manera más fácil de conocer los íconos de Londres era haciendo el London Transport Sightseeing Tour London Plus, un city tour en ómnibus que con varias salidas diarias te da la posibilidad de subir y bajar en más de treinta paradas diferentes. Poco dispuesto a pagar el ticket, hice la gran porteño y seguí con mi bicicleta al double decker sin techo. La estatua Eros, en Picadilly Circus, Trafalgar Square y el Big Ben en el Parlamento junto al río Támesis, la Torre de Londres, que desde su construcción en el siglo XI, ha servido como palacio, prisión y casa de moneda y hoy exhibe la colección de joyas de la corona, la histórica abadía de Westminster, donde se coronaron y enterraron a soberanos ingleses, la St. Pauls Catedral, el paseo por la zona de Mayfair entre casa lujosísimas, los parques, el Hyde Park junto al Green Park, donde se hace el cambio de guardias igual que hace cientos de años.

Estos lugares y alguno más formaron parte de ese completo itinerario. Miles de imágenes venían a mi mente mientras trataba de captar esa historia que ocultan tras sus muros las centenarias edificaciones londinenses. Pero sin dudas, una de las postales que se grabó para siempre en mi retina fue ese punto donde el pasado y el presente se unen: la vista de dos de los puentes más famosos de Londres: el Puente de Londres y el majestuoso Puente de la Torre, puente levadizo del siglo pasado. Pocos días después, la zona de los muelles de Londres, uno de los proyectos de reciclaje más ambiciosos para la construcción de viviendas y oficinas, terminaría por mostrarme esos enormes contrastes de la ciudad, dónde lo moderno convive con lo histórico. Desde ahí, el Docklands Light Railway me llevó con mi bicicleta a cuestas desde Bank of London, en la City, hasta Island Gardens en el extremo sur de Isle of Dogs. A diez minutos de esa zona sabía que se encontraba el histórico Greenwich, el clásico lugar donde los viajeros suelen retratarse con un pie en oriente y otro en occidente.

Un poco de Historia. En la ciudad, la historia no sólo está ahí dispuesta a que la descubras en cada edificio o pasaje. Sus museos y galerías, que se despliegan en restaurados depósitos victorianos en cada vuelta de esquina, también albergan las leyendas, las tradiciones y la memoria del pueblo sajón. Como quería conocer de cerca la historia de la capital, desde los tiempos más remotos, el Museo de Londres fue mi primera elección. Creo que una de las cosas que más me llamó la atención fue la Roseta stone, una piedra con inscripciones y jeroglíficos egipcios que encontró Napoleón en una de sus batallas y gracias la cual pudo develarse la escritura de los viejos faraones. Después de haberme encerrado en esa especie de máquina del tiempo, me dirigí a la National Gallery, en Trafalgar Square, para ver la magnífica colección de las principales escuelas artísticas europeas, desde el siglo XIII hasta el 1900.

Siguiendo el rumbo de los artistas, visité en St. Martin´s Place la National Portrait Gallery, con sus retratos de personajes famosos de la historia británica. En el Museo del Teatro, como su nombre lo indica, asistí a la historia de la escena desde Shakespeare hasta nuestros días. Demasiada cultura para un solo día, pensé; y me dirigí al Museo de la Imagen en Movimiento (MOMI). Este es un lugar único en su tipo, ubicado en el complejo artístico de South Bank. Y no exagero. Su exhibición, que gira en torno al cine y la televisión, me permitió descubrir desde las sombras chinescas que se empleaban en el, hasta la más moderna tecnología. Un lugar que, para fanáticos del cine como yo, resulta sencillamente imperdible. Otro atractivo, no apto para cardíacos, es el museo sobre el horror medieval, el London Dungeon, que recrea con técnicas y efectos especiales tan nefasta época. Y cómo perderme ir al Madame Tussauds, el mejor museo de cera del mundo, donde encontrás reproducciónes idénticas de los más famosos personajes de la historia. Los reyes ingleses, los Beattles, actores, pintores y personajes del deporte forman parte de la muestra. Aunque es notable la ausencia del más grande de todos: Maradona. ¿Por que será?

Mercados: Vibrantes, ruidosos y llenos de vida, los mercados que todos los días invaden las calles de Londres, son ideales tanto para encontrar esos objetos que nunca pensaste que podían existir, como para curiosear desde antigüedades y artesanías hasta moda y accesorios. Los fines de semana y sobre todo los sábados son de Camden Market o de Portobello Road, ubicado en una pintoresca calle empinada con casas victorianas pintadas de colores. Sus casi 800 puestos de venta ofrecen desde muebles, cuadros y objetos de plata hasta viejas estampillas y curiosidades de la ciudad. Los domingos en Covent Garden tienen una magia especial. Es un lugar increíble con alguna semejanza a nuestra Plaza Francia, con espectáculos todo el día, desde malabaristas, magos, gente tocando la gaita y cuanto personaje te imagines en las calles.

De noche:Las noches en Londres merecen un párrafo aparte. No hay como esta ciudad para ver un musical con lujosas puestas en escenas, fabuloso vestuario y magníficas canciones y coreografías en teatros que tienen más de cien años. Además existe una gran cantidad de clubes
que ofrecen una buena selección de música en vivo. Pero para disfrutar de la verdadera noche inglesa, nada mejor que comenzar en un pub: desde posadas históricas donde sirven cerveza tradicional hasta bares que ofrecen tragos de los más variados y vinos de todas partes del mundo. Los pubs son una parte fundamental de la cultura londinense, en cada cuadra hay uno con clientes que los visitan de por vida. Dos de las zonas más populares, dónde se concentran locales y turistas en bares de moda, son la de Covent Garden y la de Kings Road en Chelsea. Y si tenés la suerte de visitar la ciudad en verano y permanecer lejos de la clásica neblina, no hay como tomar un trago a orillas del Támesis y simplemente sentarte al aire libre para ver como el mundo pasa frente a tus ojos.

Escrito por Brian Jait para la revista Marcopolo.

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